Tricotilomanía: Testimonio de una paciente

Comencé sacándome el pelo (tricotilomanía) en el año 2000 con 11 años de edad. Mi entorno familiar en ese momento era tenso. Yo era la menor de dos hermanos adolescentes quienes necesitaban recibir mucha atención por parte de mis papás. Yo, en cambio, era una persona bastante más tranquila, que no causaba muchos problemas a nadie.

Un día, después de haber caído enferma durante una semana por una influenza, traté de desenredarme el pelo. Al hacerlo, sin querer me tiré uno y la sensación fue extremadamente placentera. En ese momento de mi vida nunca me imaginé en lo que se iba a transformar, se veía un gesto muy inofensivo pero que con el tiempo se fue agrandando. Sin darme cuenta, al mes ya estaba completamente pelada a un costado de mi cabeza. No lograba entender como no podía controlarlo y como había llegado a ese nivel.

Mis papás preocupados, me llevaron a un psicólogo para tratar el problema. Un problema totalmente desconocido por nosotros y hasta por el especialista, y en conjunto descubrimos que se llamaba “tricotilomanía”.

La manera de tratarme por el psicólogo fue indagando en mis emociones, lo clásico de siempre. Sin embargo, cuando terminaban la sesión, yo me seguía sacando el pelo.

Después de dos años en terapia mi mamá decidió cambiarme de psicólogo ya que mi tricotilomanía estaba empeorando, llegando a tener que usar peluca. Y así es como partió mi historial de “pimponeo” de un especialista a otro. Pasando por psiquiatras, psicólogos, grafólogos, astrólogos, brujas, y todo lo que uno se pudiera imaginar. En general, siempre me trataban con el conocido método cognitivo-conductual, lo que me hacía frenar la tricotilomanía por un par de semanas para luego volver a recaer y quedar aún peor. Nada ni nadie lograba que yo me superara.

Recibí gran cantidad de diagnósticos desde depresión, trastorno ansioso hasta trastorno obsesivo-compulsivo. Me medicaron con muchos fármacos lo que hacía que estuviera completamente drogada sin energía de nada. Y así, sin darme cuenta pasaron 16 años, donde las esperanzas de seguir adelante se acabaron. Ya no me sentía capaz de nada, no quería que la gente me viera. Empecé a alejarme de las personas, mi grupo de amigas se redujo. Empecé a tener mal rendimiento y por sobre todo, en mi interior me sentía completamente fracasada, con el autoestima destruida.

No le conté a nadie mi problema, sólo a mi familia íntima. Ya que me producía una extrema vergüenza y miedo que las personas me juzgaran. Y decidí vivir con este secreto, pasándolo pésimo en mi interior. Privándome de hacer actividades para que no se me notaran mis peladas, mintiéndole a todo mi entorno constantemente, culpándome de ser así y ya con ganas de no seguir viviendo.

El año 2016, con ya casi nada de energía y completamente pelada, mi mamá me sugiere darle una última oportunidad. Llegué a un tratamiento con un enfoque distinto, que entendía el problema como una adicción. Sin muchas expectativas fui para ver si esta vez funcionaba.

A la segunda sesión yo dejé de sacarme el pelo. No fue magia. En la primera sesión le conté un poco mi historia y me comenta que esto lo íbamos a trabajar en conjunto con mi familia, principalmente con mis papás y todos los que se quisieran sumar. Esto no lo iba a solucionar yo sola, todos me iban a ayudar a remar.

El tratamiento sonaba muy simple y hasta poco creíble. Consistía en generar un acuerdo: cada vez que yo tuviera ganas de sacarme el pelo, se las tenía que comentar, fuera la circunstancia que fuera. Y que ellos, del mismo modo, durante el día también estuvieran preguntándome si tenía ganas de sacarme el pelo y yo pudiera responder con total sinceridad. Ese gesto tan sencillo me reducía considerablemente las ganas de sacarme el pelo y me hacían concientizarlo.